Jardín del Edén

¨Escuchar cada melodía como una vasta pieza de composición o improvisación, como el paisaje sonoro siempre en construcción que conforma este mundo, es la tarea final del oyente atento. ¨

~David Rothenberg

 

¿De dónde venimos? ¿Quiénes somos? ¿Adónde vamos?, el título que Paul Gauguin le dió a su obra de 1897, una alegoría del transcurso de la vida, recuerda las preguntas existenciales que de manera intrínseca han estado presentes a lo largo de toda la historia del arte.

Cuestionamientos netamente humanos, que hablan de nuestra relación con la naturaleza y la vida de cada época, de la obra de arte como hija de su tiempo, como diría Kandinsky. Dichas interrogantes han surgido, y lo siguen haciendo, de la necesidad interior del artista en diferentes contextos históricos.

Jardín del Edén es una obra filosófica y temáticamente similar a la del evangelio de Gauguin, pero es a través del sonido que cuestiona el origen del hombre y el mundo. Se trata de un proyecto expuesto en el Lab3 del Museo de Arte Moderno de Medellín (MAMM), el cual parte de la metáfora bíblica sobre el paraíso, del Génesis como el relato que puso a los humanos por encima de la naturaleza.

Con esta instalación, la artista Beatriz Eugenia Díaz (Bogotá, 1965) presenta un universo esotérico sonoro guiado por una interpretación de los números. De cierta forma, intenta explicar el orden oculto del cosmos, en el que los sonidos se originan de una ¨vibración secreta¨ según la numerología, o de la ¨vibración numérica¨ de Pitágoras, quien desarrolló la teoría que relaciona los planetas y las frecuencias de los números, a la cual denominó ¨música de las esferas¨, como una faceta más del universo y las leyes de la naturaleza.

En esta ocasión la sala de experimentación sonora está tapizada con grama artificial para demostrar un vínculo entre lo visual y lo musical. De manera que, en el medio del espacio se encuentra la vida representada por el color verde y la grama sintética, sobre esta hay un equipo de sonido, un tocadiscos y un disco como símbolo del lugar de devoción, del eterno retorno. El disco que reproduce los sonidos está compuesto por un lado A de once minutos y un lado B también de once, así suman veintidós. ¨Como las veintidós letras del alfabeto hebreo, como los veintidós arcanos del tarot, como un todo, una totalidad. Once son dos unos. Como Adán y Eva¨, explica la artista, quien para la creación de esta instalación viajó al lugar donde transcurrió su infancia. Allí capturó muestras del paisaje sonoro y las modificó, mediante procesos de síntesis de audio, hasta componer los dos lados de un disco. La obra también recoge sonidos de una obra anterior, Naturaleza oculta (2017), donde las raíces de algunos árboles agonizantes le enseñaron la relación entre la memoria, los límites y la libertad.

Jardín del Edén

El lado B del disco reproduce un conjunto de vibraciones en loop. Esta repetición de sonidos, como si fueran mantras (del sánscrito Mana: mente, Tra: herramienta), funciona como un instrumento para calmar la mente, para traer la consciencia al momento presente. Un mantra es una vibración particular de la pulsación original del cosmos, o del zumbido basado en la revolución orbital del Sol, la Luna y los Planetas que enunció Pitágoras. De manera similar, los sonidos de Jardín del Edén se repiten en la estructura de nuestra conciencia promoviendo un efecto estabilizador.

Por otra parte, el lado A del disco representa el pasado, la nostalgia que nos produce la extinción de los humanos en el Paraíso. Este contiene una atmósfera de sonidos que se funde con la interpretación al piano que la artista hizo del Preludio en Do Mayor de Johann Sebastian Bach, pieza que para ella representa la nostalgia y la metáfora del Jardín del Edén. El lado A se encuentra amplificado en un sistema tradicional de tocadiscos a manera de loop en dos altavoces visibles en el espacio, mientras que el lado B suena en un sistema de cinco altavoces ocultos.

La artista ha trabajado aquí con el sonido partiendo del deseo de unión con la energía vibratoria, con el universo o con el Todo; entonces en adición a escuchar esta atmósfera de música sintética con los oídos, con el cuerpo y con todas nuestras células, aprendemos a escuchar nuevamente, a entrenar no solo nuestro oído externo sino también el interno, el que está asociado a la intuición. Los sonidos comienzan a afectarnos el alma y quizás de este modo, al profundizar más en ellos y atender al silbido de los grillos, a los susurros y crujidos de la naturaleza, al ritmo del viento, mezclado con las cadencias y repeticiones de sonidos que a manera de mantras conforman masas o bolas de energía en vibración, y a los detalles minuciosos de la melodía de Bach, la obra nos genere una nueva inquietud espiritual.

Por su condición inmaterial y atemporal, el sonido ofrece un paradigma de abstracción y una herramienta para mediar entre el mundo de los fenómenos y el espíritu. La mente del ser humano es inquieta por naturaleza, pero esta puede reposar en las vibraciones sonoras como una forma de meditación. En este sentido, la obra ofrece una vía para calmar las fluctuaciones de la mente.

Jardín del Edén estará abierta al público hasta el 6 de octubre.  El próximo jueves 22 de agosto las artistas Beatriz Eugenia Díaz y María Angélica Madero conducirán un Laboratorio Creativo denominado ¨Cartografías del Paraíso¨, desde las 10 am hasta las 4 p.m. Este se llevará a cabo en el Lab 1 y 2, y estará dirigido a los artistas en formación. Será un espacio creativo en el que se invitará a los participantes a realizar una regresión desde la cual plasmar su imagen propia del paraíso hasta conformar una cartografía colectiva, con un enfoque multidisciplinar y libre que puede comprender ejercicios de grabación sonora, fotografía y dibujo.

Beatriz Eugenia Díaz realizó sus estudios de Artes Plásticas en la Universidad de los Andes y de Música, en el Conservatorio de la Universidad Nacional de Colombia y en la Universidad de los Andes, con profesores y maestros de Viena, Austria y Bogotá. Sus obras plantean la interrelación de lenguajes, en las que el número ha actuado como elemento mágico y principio unificador, y en las que la música ha estado siempre presente como práctica artística, como referente para la representación, como un interés por el concepto de tiempo, como no-materia, actuando y modificando la percepción de los espacios. Entre sus exposiciones individuales recientes se destacan: Apical, capilar, radical, Lugar a Dudas, Cali (2018); Naturaleza oculta, Galería Casas Riegner, Bogotá (2017); Primero estaba el mar en Barrio Abajo Centro de Creación Contemporánea, Barranquilla (2016); Polaris, IV Premio Luis Caballero en Galería Santa Fe, Centro Cultural Planetario de Bogotá (2007).  Actualmente se desempeña como asesora de proyectos de grado en Arte, en la Universidad de los Andes; como profesora invitada en la maestría en Artes Plásticas y Visuales de la Universidad Nacional de Colombia y como profesora de cátedra en la Universidad El Bosque y la Pontificia Universidad Javeriana.

Bioarte en el MAMM

Micro-Ritmos, instalación sonora del colectivo mexicano Interspecifics  conformado por Leslie García y Paloma López (Lab3, Museo de Arte Moderno de Medellín). 
Artículo publicado en el El Mundo 
bioarte
Los seres humanos poseemos limitaciones a nivel sensorial; no tenemos la capacidad de aproximarnos a la realidad más allá de lo que capta nuestra visión, nuestros oídos y demás sentidos. Pero estos últimos pueden expandirse  a partir de la tecnología,  el arte y las variaciones vibratorias de electrones y protones, producidas por la energía interna de la naturaleza. Esta se aloja en todas las formas de vida y su movimiento vibratorio tiene un potencial sonoro. Las bacterias, como primeras manifestaciones de vida en la tierra, son microorganismos que contienen vibraciones particulares, por lo que representan una dimensión de la realidad con la que podemos interactuar a través del sonido. La obra Micro-ritmos, se detiene en aquello que el hombre no ve, en los detalles de la naturaleza que no son perceptibles. Las artistas mexicanas han dispuesto en el LAB3 –la sala de experimentación sonora del Museo de Arte Moderno–, a manera de Ready-made,  un ecosistema tecnológico compuesto de  celdas bacterianas, muestras de tierras contaminadas de varios lugares de Medellín, un sistema octafónico de sonido, diferentes sintetizadores digitales, RaspberryPi, Arduinos y  lámparas alógenas de luz blanca sobre trípodes, con el objetivo de traducir el movimiento de las bacterias en movimientos lumínicos y sonidos.
Se trata de una instalación que muestra el proceso de comunicación entre microorganismo, máquina y ser humano. El movimiento de las bacterias es traducido a pequeñas corrientes de energía eléctrica, la cual  determina los patrones de  movimiento de las lámparas y estos, a su vez son leídos por software de análisis visual que los convierte en sonido.
Tan solo unos minutos en la sala son  suficientes para detectar, a partir de las cadencias y movimientos lumínicos, la existencia de esa ¨otra realidad¨ en la que conviven seres diminutos. Sin embargo, permanecer más tiempo en la sala es una oportunidad de captar lo sublime de la experiencia sonora. Es así como la obra nos invita a reflexionar sobre la manera de relacionamos con nuestro entorno y comprenderlo. La pieza, basada enteramente en la actividad biológica de los microorganismos, es capaz de hacernos conscientes de los diversos modos de vida, al mismo tiempo que cuestiona nuestro comportamiento al enfrentarnos con la otredad. Por lo tanto, nos invita  a ser más sensibles y a reconocer que otras formas de existencia son fundamentales para comprender la nuestra. Este trabajo es una forma de aproximación artística, científica, tecnológica y filosófica a la realidad; una práctica medial contemporánea donde la energía de otros entes se vuelve visible y audible. Visitar la exhibición es fundirse dentro de un universo sonoro y experimentar con la armonía que se genera a partir de las vibraciones. Enfrentarnos a esta obra significa la apertura de la conciencia a través del lenguaje colectivo de los sonidos.