Doppelgänger / MTO

MTO2

Lexington, Kentucky. En la fachada de una fábrica abandonada aparece su rostro en grandes dimensiones, con una máscara antigás, gafas y capucha negra. Dos manos agigantadas en relieve parecen salir del frontispicio y otras dos, en los extremos, están encerradas detrás de barrotes, una haciendo un puño y la otra portando una lata de pintura en aerosol, de la que sale una espuma roja. El fondo oscuro acentúa las extremidades que parecen estar en 3D. Todo es en blanco y negro, menos la pintura que sale de la lata y una cinta en la parte inferior; esta separa a la figura del resto del paisaje urbano y dice: DO NOT FEED – CAUTION. ¿Se trata de un ser del espacio atacando con un arma de fuego? Los cuatro brazos y la máscara adherida representan al engendro en que se convirtió una vez que quedó atrapado dentro de la destilería. Solía dejar su seudónimo en todas partes. MTO era su etiqueta, su distintivo. Un día comenzó a huir de los policías y entró en esa gran fábrica que lo confinó para siempre, porque mientras estaba escondido alguien pasó y cerró la puerta. Estuvo intentando escapar por varios días. No pudo, entonces tuvo que resignarse a su destino. Iba a morir. No tenía agua ni comida, estaba desesperado. Continuó recorriendo el lugar y encontró una pequeña puerta, daba a una red subterránea que contenía Whisky añejo. Había estado allí desde que clausuraron las destilerías por el decreto de prohibición de alcohol. MTO empezó a beber de forma desaforada para acelerar su muerte, pero algo inesperado –o inexplicable– sucedió. No murió. El whisky lo mantuvo vivo y con el tiempo el cuerpo padeció cambios alarmantes. Sus brazos comenzaron a crecerle de la espalda y la mascara que utilizaba para pintar comenzó a injertarse en el rostro. Quedó desfigurado y aumentó su tamaño, tanto, que la gente de Lexington lo encontró. Luego de 25 días no podía regresar a la vida normal, ya era muy tarde. Se había convertido en un monstruo. 

MTO1

Ontario, Canadá. Un hombre de grandes proporciones está debajo de un puente y lo sostiene con toda su fuerza; quedó atrapado luego de que un camión chocara contra las vigas que servían de soporte mientras lo reconstruían. Un sismo de grado 4.5 en la escala de Richter lo había dejado con enormes grietas. El peso del concreto ahora va en aumento, como en cámara lenta, siente que el abdomen y la cadera se aplastan, la pelvis se destroza, se le estruja el pecho y los pulmones. Ya no siente las extremidades inferiores y comienza a faltarle el aire. Se le revientan las costillas y se escucha un alarido desagradable. Los ojos entreabiertos, los pómulos y la frente ceñida son evidencia de su agonía. El candado tupido que se prolonga en una barba oscura, bordea las mejillas y se extiende a los lados para luego confundirse con el fondo negro.

Sobresalen los dientes blancos durante el grito desesperado. Sobre su cabeza solo están las gafas que le protegen los ojos al pintar; no ha llevado máscara antigás. Tiene la sensación de que su garganta, su pecho y estómago se queman. Se siente mareado, los vapores de la pintura ya se han apoderado de sus vías respiratorias. El gas que sirve para impulsar la pintura se ha quedado en el espacio para invadir sus pulmones. Se forman capas pegajosas de pintura dentro de su cuerpo. Todo se vuelve negro y se desploma en el piso. ¿Alucinando quizás? MTO ha escapado. Se va lejos. Ahora vive en la calle.

MTO3

Berlín, Alemania. Una de la madrugada. Suena una melodía de Queen que hace de alarma. Se activa la máquina automática de café. En pocos minutos, el aroma inunda el espacio reducido. MTO se pone pantalones y franela negra, las botas salpicadas de pintura, un suéter de capucha y un pasamontañas enrollado en la frente. Se inclina para preparar el morral con latas de aerosol de colores; todavía siente el dolor en la vértebras lumbares que lo atormentaba el día anterior. Había estado suspendido en un arnés durante seis horas, trabajando en su más reciente mural.

Se estira y luego se dirige a la cocina, sirve el café en un termo y empaca un sándwich de jamón y queso; eso es suficiente hasta que salga el sol y regrese a la casa. Este mural será más fácil. No tendrá que estar suspendido, solo es un poco más alto que los transeúntes.

El hombre se asoma con mirada de picardía y sonrisa sarcástica, quiere averiguarlo todo. ¿Qué sucede a esa hora en la calle más concurrida de Kreuzberg? Se nota su inquietud mientras espera a que pasen mujeres provocativas o jovencitos fumando marihuana. Tal vez pueda atrapar a alguno cegándolo con su lata de spray, la tiene lista en su mano derecha. Ve a alguien en la distancia y comienza a llamarlo con el dedo índice. Hay otra mano que sobresale cerca de su cabeza. Parece un animal o alguna clase de monstruo.

Creo que empiezo a perder la razón, pinto y luego me asusta mi propio obra. Veo mis pinturas en todas partes. Tienen que ser mías, ¿no?, todas dicen MTO en una esquina. Regreso a mi refugio, abro el periódico: dos grandes murales en otros países con la etiqueta MTO. Yo nunca he estado ahí.